miércoles, octubre 19, 2011

Cambio climático: Un paseo por las nubes

El cambio climático es natural y probablemente se genera en la estrellas, no en la actividad humana.

El sol es la fuente de energía de nuestro planeta, y de él dependen tanto la vida como el clima. Por lo tanto, no puede sorprendernos que los cambios en la actividad solar puedan afectar las condiciones climáticas (ver mis artículos de 2007: “Cambio climático: La poderosa influencia del Sol” y de 2011: “El Sol quieto”).

Sin embargo, y dado que la irradiación solar total (es decir, la energía emitida en todas las longitudes de onda) varía levemente, la mayoría de los científicos climáticos descartó que nuestra variable estrella sea un causante de los cambios del clima.

Sin embargo, a fines del siglo XX dos científicos, Henrik Svensmark (del Instituto Danés de Investigación Espacial) y Eigil Friis-Christensen, propusieron que la actividad solar podría ser un factor de control del clima a través del cambio de la cubierta de nubes de baja altura.

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La heliosfera desvía los rayos cósmicos. Una baja actividad del sol permite que pasen más rayos cósmicos.
© Svensmark/The Resilient Earth.com

No resultó sorprendente que esta idea fuera despreciada por la ciencia climática oficial, ya que disminuiría la importancia de los así llamados “gases de invernadero”, particularmente la del CO2 (dióxido de carbono o, como era llamado anteriormente, anhídrido carbónico), el demonio favorito del IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático).

Pero ahora, después de varios años de experimentación en el CERN, los resultados preliminares que se han dado a conocer parecen indicar que Svensmark y Friis-Christensen tenían razón, después de todo.

La idea de que una baja actividad solar pueda hacer que el clima terrestre se enfríe no parece descabellada, pero el mecanismo propuesto sí puede resultar contra-intuitivo: un aumento en el número de rayos cósmicos que llegan a nuestra atmósfera.

Hace decenios que los científicos saben que partículas eléctricamente cargadas provenientes del espacio bombardean continuamente a la Tierra. Originados en estrellas y galaxias distantes, estos “rayos cósmicos” chocan con nuestra atmósfera, donde pueden ionizar compuestos volátiles que se encuentran en la atmósfera (aerosoles).

Y esa es la base de la propuesta de Svensmark y Friis-Christensen, quienes informaron sobre su descubrimiento en un artículo publicado en 1997: “Variación del Flujo de Rayos Cósmico y la Cubierta Global de Nubes: un eslabón perdido en las relaciones Sol-Clima”.

En ese artículo, describieron un mecanismo por el cual los rayos cósmicos ionizaban partículas que podían servir como núcleos de condensación alrededor de los cuales se forman las nubes. Las nubes de baja altitud enfrían la Tierra, y como su formación puede ser controlada por los rayos cósmicos que llegan a nuestro planeta, y como estos últimos pueden a su vez ser controlados por el sol, es nuestro astro el que en última instancia controla el clima.

Svensmark y Nigel Calder escribieron un libro excelente, “The Chilling Stars” (“Las estrellas congelantes”), en el que describieron la teoría y los descubrimientos que llevaron a su formulación. Según Svensmark, “en lugar de pensar que las nubes son un resultado del clima, la teoría muestra que el clima es un resultado de las nubes, y que las nubes reciben órdenes desde las estrellas”. Para ayudar a comprobar su hipótesis, se realizó un experimento en un sótano del Centro Espacial Nacional Danés para verificar que los rayos cósmicos podían generar la formación de nubes de poca altura bajo condiciones controladas.

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Mecanismo de formación de nubes por los rayos cósmicos.
© The Daily Telegraph

El Experimento SKY utilizó una cámara de nubes para imitar las condiciones en la atmósfera. Esto incluyó niveles variantes de ionización de fondo y de aerosoles, especialmente el ácido sulfúrico. El experimento demostró que una ionización mayor implica una mayor nucleación de partículas. Se puede encontrar un vídeo (en inglés) en el que Svensmark explica su teoría.

De todos modos, se necesitaron años para convencer a las agencias científicas europeas de que esta relación entre los rayos cósmicos y la formación de nubes merecía ser investigada. A pesar de grandes esfuerzos para desacreditar esta relación sol-rayos cósmicos-nubes, finalmente se logró la implementación del experimento CLOUD. El trabajo involucró a más de 60 científicos de 17 países y los resultados del mismo se conocieron este año 2011.

En un un artículo publicado on-line por la revista Nature, esta publicación “oficialista” admitió de mal grado que, de hecho, Svensmark podía tener razón.

La hostilidad de la comunidad que promueve el “calentamiento global antropogénico” se ha visto reflejada tanto en esta revista, que no incluyó en su publicación impresa una gráfica que muestra claramente los resultados del experimento (y que sí aparece en el material suplementario on-line del experimento), como en otras publicaciones y declaraciones, que intentan minimizar la significación de esta confirmación de la teoría de Svensmark.

Por ejemplo, en un artículo extrañamente titulado “La formación de nubes: otro efecto humano sobre el clima”, la revista New Scientist (otra impulsora del alarmismo calentólogo seudo-científico) cita a Jasper Kirkby, un científico e investigador principal del proyecto, como diciendo que “esto había sido una gran sorpresa”. Este mismo Kirkby, cuando describió a la teoría en 1998, sugirió que los rayos cósmicos “probablemente podrían explicar entre la mitad y la totalidad del aumento de la temperatura terrestre que se había observado en el último siglo”.

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Correlación entre el flujo de rayos cósmicos y la cubierta de nubes bajas.
© Svensmark & Marsh 2003

Al mismo tiempo, este artículo de New Scientist malgasta su primer parágrafo en un intento de desviar la atención, hablando sobre partículas orgánicas relacionando los resultados de CLOUD a la agricultura y a otras actividades humanas. “Si es significativo a escala global, podría significar que las emisiones de orgánicos naturales podrían ser también importantes en la formación de nubes”, opinó Bart Verheggen del Centro de Investigación de Energía de Holanda.

Otras respuestas se centraron más en el asunto, si bien fueron más cuidadosas. “Creo que es un experimento increíblemente valioso que debió realizarse hace tiempo”, dice Piers Forster, un climatólogo de la Universidad de Leeds, en el Reino Unido, quien estudió la relación entre los rayos cósmicos y el clima para la última evaluación científica del IPCC. Pero también opina que, al menos por ahora, el experimento “genera más preguntas que respuestas”.

Nada de esto puede, sin embargo, empañar los hallazgos experimentales. El propio resumen del artículo original declara: “Descubrimos que proporciones atmosféricamente relevantes de amoníaco de cien partes por billón, o menos, aumentan la tasa de nucleación de partículas de ácido sulfúrico en más de 100 a 1000 veces”. Este aumento en mil veces en la tasa de nucleación parece estar bien por fuera del “ruido estadístico” tal como funciona en los resultados experimentales.

“Por supuesto que hay muchas cosas que explorar, pero creo que la hipótesis de la siembra de nubes por los rayos cósmicos está convergiendo hacia la realidad”, dice modestamente Henrik Svensmark. Por su parte, Kirkby espera poder resolver finalmente la cuestión de los rayos cósmicos. Durante los próximos años, dice, su grupo planea experimentos con partículas más grandes en la cámara, y tiene la esperanza de generar artificialmente nubes para su estudio. “Hay una serie de mediciones que debemos realizar y que tomarán al menos otros cinco años”, dice. “Pero al final resolveremos el asunto, de una forma u otra”.

No hay duda de que la ciencia seguirá avanzando lentamente y que finalmente confirmará o rechazará la teoría de Svensmark; al fin y al cabo esa es la forma en que trabaja la ciencia.

Para aquellos que se niega a pensar que la ciencia es una lucha, con proponentes de teorías contrapuestas que compiten unos con otros, dejemos que esto sea un ejemplo. Los calentólogos demonizadores del CO2 intentaron matar a esta teoría en su cuna, afirmando que los experimentos como SKY y CLOUD eran simplemente una pérdida de tiempo y dinero. Preferían mantenerse en su zona confortable, sus engaños reforzados por modelos computacionales diseñados por ellos mismos, sin necesidad alguna de experimentación tediosa. Afortunadamente, hubo otras mentes inquisitivas que prevalecieron.

Muchos científicos piensan que los ataques al dogma de la ciencia climática son ataques contra toda la ciencia, pero eso no es verdad. Ese escepticismo es lo que hace que la ciencia funcione, y la creencia ciega en las teorías actuales es anti-ético y atenta contra el avance del conocimiento humano.

A medida que se van descubriendo más y más fallas en la hipótesis del calentamiento global antropogénico, los científicos de verdad comienzan a mirar hacia otros lugares en busca de los causantes reales del cambio climático: el sol, las estrellas y las nubes.
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Como dice Doug L. Hoffman:
“Cuídense, disfruten el interglacial y manténganse escépticos”.
”edad_de_hielo”

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Basado en el artículo “A Walk in the Clouds”, publicado por Doug L. Hoffman en “The Resilient Earth”.
Enlace con el artículo:
aquí
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2 comentarios:

Carlos dijo...

Tus artículos Heber son siempre muy buenos y este en particular lo veo razonado con extrema prudencia. Te felicito.

la costarricense, la capitana. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.